
Hay recopilatorios que apelan a la nostalgia de forma casi automática, y Fighting Force Collection es uno de esos lanzamientos que conectan directamente con una época muy concreta del videojuego. De la mano de Limited Run Games, en colaboración con Square Enix, este pack recupera dos títulos que intentaron llevar el espíritu del beat ’em up clásico a un terreno tridimensional cuando el salto al 3D todavía estaba lleno de ensayo y error. Disponible desde el 23 de enero en PS4, PS5, Nintendo Switch y PC, la colección incluye Fighting Force (1997) y Fighting Force 2 (1999), dos juegos que, con sus aciertos y limitaciones, forman parte del ADN más experimental de finales de los noventa.
El primer Fighting Force vio la luz en 1997 en PlayStation y PC, llegando algo más tarde a Nintendo 64. Su propuesta era clara: trasladar las bases de referentes como Final Fight o Streets of Rage a entornos completamente tridimensionales, con escenarios modelados en 3D y una libertad de movimiento poco habitual en el género por aquel entonces. No estaba solo en ese intento. Juegos como Die Hard Arcade —conocido en Japón como Dynamite Deka— ya habían abierto camino, aprovechando además el tirón cinematográfico de John McClane para atraer al gran público occidental.
Detrás del proyecto estaba Core Design, el estudio británico que poco después alcanzaría la gloria con el primer Tomb Raider. En Fighting Force, el equipo apostó por escenarios amplios, rutas alternativas y el uso constante de armas improvisadas: desde tuberías hasta botellas de cristal que se rompían al impactar, una seña de identidad tan simple como satisfactoria. El juego también introducía bifurcaciones en el progreso, con jefes finales distintos según el camino elegido, una idea interesante que aportaba variedad a partidas posteriores.
Dos años más tarde llegó Fighting Force 2, lanzado en 1999 para PlayStation y Dreamcast. Esta secuela optó por un planteamiento más contenido y táctico, con niveles menos abiertos y un mayor énfasis en las armas de fuego. El cambio de enfoque fue evidente: menos caos callejero y más misiones estructuradas, buscando diferenciarse de su predecesor sin romper del todo con la identidad de la saga.
Más allá de los juegos en sí, esta colección llega acompañada de una serie de mejoras pensadas para adaptarlos a los estándares actuales. Funciones como el rebobinado, los guardados rápidos, filtros CRT y opciones de curvatura de pantalla facilitan la experiencia sin alterar su esencia original, permitiendo disfrutar de estas obras con mayor comodidad.

Si hablamos de historia, conviene empezar por Fighting Force, cuyo argumento no pierde tiempo en sutilezas. Un científico de manual, el Dr. Zeng, amenaza con hacerse con el control del mundo, y la única barrera entre sus planes y el desastre global es un grupo de cuatro luchadores dispuestos a repartir golpes sin descanso. La historia cumple una función casi testimonial: justificar que recorramos calles, almacenes, estaciones y complejos industriales mientras despejamos el camino a base de puñetazos, patadas y cualquier objeto que no esté anclado al suelo. Y es justo ahí donde el juego acierta, entendiendo que en un beat ’em up el ritmo y la acción siempre deben ir por delante de cualquier pretensión narrativa.

La trama de Fighting Force no busca profundidad emocional ni giros inesperados. Su tono es ligero, exagerado y muy propio de la época, un simple marco para sostener la experiencia arcade. No estás aquí para reflexionar sobre el bien y el mal: estás aquí para avanzar, enfrentarte a oleadas de enemigos y llegar al jefe de turno. Ni más ni menos.
El contraste llega con Fighting Force 2, y lo hace de forma bastante abrupta. Quien espere una continuación directa, con más caos urbano y la misma energía desenfadada, se encontrará con un planteamiento muy distinto. Más que una secuela al uso, el juego se presenta como una reinterpretación del universo, casi como si se tratara de un proyecto independiente que terminó heredando un nombre conocido.
En esta ocasión, la historia abandona el tono arcade para acercarse a un thriller de espionaje con aspiraciones más serias. El protagonismo recae en Hawk Manson, un agente gubernamental cuya misión consiste en infiltrarse en instalaciones enemigas, desmantelar conspiraciones y frenar amenazas de alcance global. El énfasis ya no está en el descontrol ni en la destrucción constante del entorno, sino en operaciones más contenidas, con un enfoque que apuesta por la precisión, el sigilo ocasional y una puesta en escena más sobria.
Sobre el papel, este cambio de rumbo resulta llamativo y hasta prometedor. En la práctica, el resultado es irregular. El tono más oscuro y realista choca con las expectativas creadas por el primer juego, y la narrativa, aunque más ambiciosa, no siempre consigue sostener el peso del nuevo enfoque. Fighting Force 2 intenta ser más serio, más adulto y más cinematográfico, pero esa transición no termina de cuajar del todo, dejando una historia que se siente fragmentada y, en ocasiones, poco definida.


En términos de jugabilidad, Fighting Force Collection funciona casi como una cápsula del tiempo que permite observar dos enfoques muy distintos dentro de una misma saga. El primer Fighting Force es, sin rodeos, un producto de su época, pero también un ejemplo de cómo una idea sencilla puede seguir resultando efectiva décadas después si se apoya en los pilares adecuados.
La base jugable del título original es la del beat ’em up clásico trasladado a entornos 3D semiabiertos. Avanzamos por escenarios relativamente pequeños, pero cargados de enemigos y elementos interactivos, encadenando puñetazos, patadas, agarres y lanzamientos mientras hacemos uso constante del entorno. Aquí es donde el juego encuentra gran parte de su personalidad: casi cualquier objeto puede convertirse en un arma improvisada. Tuberías, cuchillos, cajas, sillas o incluso los propios enemigos pasan a formar parte del combate, generando una sensación de caos controlado que resulta sorprendentemente satisfactoria.

El sistema es simple, incluso rudimentario. Podemos elegir entre cuatro personajes, visualmente muy distintos entre sí, aunque sus diferencias jugables son mínimas. Cada uno cuenta con variaciones ligeras en animaciones y alcance, pero el repertorio de movimientos se reduce a lo esencial: golpes básicos, alguna embestida al correr y poco más. No hay combos elaborados ni sistemas profundos que dominar; la mecánica se basa en repetir acciones y gestionar el posicionamiento en pantalla. Y, aun así, funciona. Precisamente porque Fighting Force nunca pretende ser algo que no es.
Donde el juego realmente brilla, incluso hoy, es en el multijugador cooperativo local. Dos jugadores compartiendo pantalla transforman por completo la experiencia. Coordinar ataques, repartirse grupos de enemigos o incluso golpearse accidentalmente en mitad del caos forma parte del encanto. Es en ese sofá compartido donde el ritmo lento y la simplicidad del combate encuentran sentido, recordándonos una época en la que el cooperativo local no era un añadido, sino el núcleo de muchos videojuegos.
Eso no quita que sus limitaciones sean evidentes. El ritmo es pausado, la respuesta de los controles se siente algo tosca —herencia directa del diseño original— y la repetición de enemigos acaba pasando factura. La ausencia de combos o mecánicas avanzadas hace que, en solitario, la experiencia pueda resultar plana si no existe un componente nostálgico de por medio. Aun así, el juego se sostiene gracias a su claridad de ideas y a una estructura arcade que no se alarga innecesariamente.

El cambio llega de forma drástica con Fighting Force 2, un título que abandona casi por completo las bases del original para explorar un terreno mucho más incierto. Aquí el ritmo se vuelve más lento y metódico, los niveles son más cerrados y el combate gira en torno al uso de armas de fuego. La munición pasa a ser un recurso a gestionar, el sigilo entra en juego —en ocasiones de forma obligatoria— y la experiencia se acerca más a un shooter en tercera persona primitivo que a un beat ’em up tradicional.
Este giro tiene consecuencias claras. Los controles se sienten rígidos, la puntería es imprecisa y muchos enfrentamientos resultan más frustrantes que satisfactorios. El control de masas que definía al primer juego desaparece, sustituido por tiroteos incómodos y una progresión basada en avanzar con cautela, esquina a esquina. El resultado es un título que parece debatirse constantemente entre querer ser algo nuevo y mantener un vínculo artificial con su predecesor.

La ausencia del multijugador agrava aún más esta sensación. Fighting Force 2 es una experiencia exclusivamente para un jugador, y esa decisión elimina de un plumazo uno de los mayores atractivos de la saga. Sin cooperativo, el juego se percibe más lento, más solitario y claramente más envejecido en términos de diseño.
No es casualidad que muchas de sus ideas recuerden a influencias como Tomb Raider o Metal Gear Solid. El juego aspira a ser más cinematográfico, más serio y más moderno, pero no termina de dominar ninguno de esos terrenos. Quiere ser sigiloso, quiere ser acción, quiere mantener algo de combate cuerpo a cuerpo… y en ese intento acaba diluyendo su identidad. Aun así, lo cierto es que se deja jugar. No es un desastre, ni mucho menos, pero sí un ejemplo claro de ambición mal encauzada.
En conjunto, la colección puede completarse en torno a las diez horas: unas tres o cuatro para el primer juego y algo más para la secuela. No son títulos pensados para perderse en ellos durante semanas, sino para entender una etapa concreta del videojuego, con sus aciertos, sus tropiezos y esa valentía tan propia de finales de los noventa y principios de los dos mil.


En el apartado gráfico, Fighting Force Collection deja claro desde el primer momento cuál es su objetivo: preservar la identidad visual original de ambos juegos, pero haciendo que la experiencia resulte mucho más estable y agradable en sistemas actuales. No hay una reconstrucción desde cero ni un lavado de cara radical, sino un trabajo de conservación bien entendido, especialmente evidente en el primer título.
En Fighting Force, la remasterización cumple con nota. El juego se mueve con una fluidez constante, los controles responden con precisión y el conjunto visual, aún delatando sin pudor su origen noventero, se percibe más limpio y legible que nunca. Los modelos de los personajes presentan contornos más definidos, los escenarios se distinguen mejor y la tasa de fotogramas deja de ser un obstáculo añadido durante los combates. Sigue siendo, sin discusión, un beat ’em up 3D de finales de los 90, pero uno que ha envejecido con dignidad gracias a este tratamiento.

Eso no significa que todos sus problemas desaparezcan. Los ángulos de cámara continúan siendo irregulares en determinadas situaciones, la inteligencia artificial de los enemigos resulta muy básica —especialmente en los niveles de dificultad más bajos— y el sistema de combate, aunque funcional, carece de la profundidad y el pulido que hoy damos por sentados. Aun así, nada de esto traiciona la esencia del juego. Fighting Force sigue siendo exactamente lo que siempre fue: una experiencia arcade directa, algo absurda y tremendamente entretenida, diseñada para disfrutar sin complicaciones.
Uno de los elementos visuales más llamativos del primer Fighting Force sigue siendo la destructibilidad de los escenarios. El juego incentiva romperlo todo otorgando puntos de bonificación por cada objeto destruido, y aunque hoy pueda parecer una mecánica rudimentaria, en su momento resultaba sorprendentemente satisfactoria. Derribar puestos callejeros, arrancar barandillas de la pared o convertir elementos del decorado en armas improvisadas reforzaba la sensación de caos controlado. Incluso ahora, el entorno se siente más interactivo que en otros títulos contemporáneos, funcionando como un auténtico parque de juegos para la acción.
En el caso de Fighting Force 2, el rendimiento técnico es igualmente sólido. La ejecución es estable, los tiempos de carga son mínimos y las mejoras visuales ayudan a que el conjunto se vea más consistente en pantalla. Sin embargo, aquí los retoques técnicos no consiguen disimular un problema de fondo: su diseño visual y estructural no ha envejecido tan bien como el de su predecesor. No es un juego injugable ni mucho menos, pero sí transmite la sensación de estar ante una secuela que apostó por un rumbo estético menos atemporal, algo que se hace más evidente con el paso de los años.
A nivel artístico, hay un encanto innegable en sus limitaciones. Los modelos de los personajes hacen auténticos malabares para representar acciones complejas, desde enemigos que parecen flotar al ser golpeados hasta animaciones exageradas al usar objetos desproporcionados. Más allá de la broma fácil, es justo reconocer que algunos movimientos cuentan con animaciones sorprendentemente elaboradas para la época, demostrando un esfuerzo técnico notable por parte de Core Design.


Cuando hablamos de audio en Fighting Force Collection, lo primero que hay que entender es que estamos tratando con títulos cuyo ADN sonoro viene directamente de finales de los años 90. Las bandas sonoras y efectos de aquellos juegos no buscaban épica cinematográfica ni grandes composiciones; eran acompañamientos que reforzaban la acción en pantalla. En este recopilatorio, ese espíritu se mantiene casi intacto: la remasterización respeta la estética original del sonido sin reinterpretarlo de forma moderna ni añadir nuevos temas, por lo que lo que escuchas es en esencia lo que recordabas —o lo que deberías recordar— de las versiones clásicas.
En Fighting Force, la música cumple una función muy concreta: marcar el ritmo de los escenarios sin llamar demasiado la atención. Las composiciones se mantienen en un segundo plano, con melodías sencillas y loops repetitivos que no destaca, pero encajan con la acción en pantalla. Este enfoque no siempre brilla con luz propia —para muchos jugadores de la época la música resultaba bastante genérica o poco memorable— pero tampoco llega a entorpecer la experiencia general, funcionando más como un colchón que acompañaba cada nivel que como un protagonista de la escena.
Los efectos de sonido, en cambio, son uno de los puntos que mejor sobreviven al paso del tiempo. El impacto de un puñetazo, el retumbar de una barrilada al explotar o el disparo de un arma improvisada suenan claros y pronunciados, dando un refuerzo sonoro directo a cada golpe y acción de combate. Eso ayuda a que, aunque la música no sea especialmente destacable, la experiencia tenga una dimensión auditiva propia: la satisfacción de cada impacto y reacción queda bien representada, incluso para jugadores que se acerquen a estos títulos por primera vez.

En Fighting Force 2, la situación es similar, pero con matices. Este título apostó por ambientes más sobrios y escenarios más amplios, lo que tuvo un impacto en el sonido. La banda sonora no siempre está presente de manera continua y en algunos niveles puede sentirse escasa o incluso ausente, lo que deja mayor protagonismo a los efectos ambientales y de combate. Algunas reseñas clásicas del segundo juego incluso señalaban que la música era un recurso limitado y que el sonido en general tenía partes repetitivas o poco elaboradas, algo que se traslada a esta versión remasterizada sin grandes cambios.
En conjunto, el paquete sonoro de la colección ofrece justo lo que cabría esperar: un viaje fiel a los originales, sin reinterpretaciones modernas ni nuevas grabaciones. La música cumple su papel sin alardes, y los efectos refuerzan las palizas y explosiones con claridad. No hay voces dobladas ni narración elaborada, pero los gruñidos, golpes y estampidos mantienen ese toque arcade tan propio de la época. Si estás buscando una remasterización que revitalice por completo el audio, esta no es. Pero si lo que quieres es revivir o experimentar de primera mano cómo sonaban estos beat ’em ups de PS1 y Dreamcast en su momento, la colección hace un trabajo respetuoso con los recursos originales.


Fighting Force Collection no es una recopilación pensada para redescubrir dos clásicos incontestables, sino para entender una etapa muy concreta del videojuego, cuando el salto al 3D todavía era terreno de prueba y error. El primer Fighting Force sigue funcionando gracias a su honestidad arcade, su caos controlado y, sobre todo, a un cooperativo local que conserva intacto su encanto. Fighting Force 2, en cambio, es más interesante como experimento que como experiencia plenamente disfrutable, reflejo de una ambición que quiso mirar al futuro sin tener del todo claro el camino. Con mejoras técnicas bien integradas y un respeto absoluto por los originales, esta colección es una cápsula del tiempo que gustará especialmente a quienes vivieron aquella época… y a quienes quieran comprenderla hoy desde una perspectiva crítica y nostálgica.




Deja una respuesta