
En algunas ocasiones, hay sagas que desaparecen y su ausencia se nota más de lo que uno imagina. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con Rhythm Paradise Groove. Tras diez años sin una nueva entrega, la serie musical de Nintendo vuelve por fin a escena en Nintendo Switch con una aventura que recupera todo aquello que la convirtió en una de las propuestas más singulares de la compañía.
Pero repasemos un poco de su historia. La franquicia nació en Game Boy Advance bajo el nombre de Rhythm Heaven y, desde entonces, ha pasado por Nintendo DS, Wii y Nintendo 3DS, apostado por perfeccionar su fórmula: minijuegos de pocos minutos en los que el ritmo lo es absolutamente todo. Precisamente, por ese motivo, es fácil establecer paralelismos con WarioWare, sobre todo porque ambos comparten parte del equipo creativo y esa filosofía de encadenar pruebas muy breves. Sin embargo, donde aquella apuesta por la velocidad y el caos, Rhythm Paradise Groove gira alrededor de la precisión musical.

Rhythm Paradise ha destacado siempre por su capacidad para construir una experiencia extraordinariamente sencilla de entender y, al mismo tiempo, sorprendentemente difícil de dominar. Rhythm Paradise Groove mantiene intacta esa filosofía, aunque amplía la fórmula con más contenido, nuevos modos de juego y una cantidad de extras que convierten a esta entrega en la más completa de toda la franquicia.
Inicialmente, el propio título recomienda jugar en modo portátil o utilizando auriculares con cable para minimizar cualquier problema de latencia, e incluso incorpora una herramienta para calibrar el retraso que pueda producir nuestro televisor al jugar en modo sobremesa. No es una advertencia exagerada. En un juego donde una fracción de segundo puede marcar la diferencia entre un golpe perfecto o un fallo, cualquier retraso en la respuesta puede alterar por completo la experiencia.

La premisa de Rhythm Paradise Groove es que cada minijuego nos coloca en una situación completamente disparatada que apenas necesita unos segundos para arrancarnos una sonrisa. Lo mismo estaremos preparando verduras al ritmo de la música que jugando un partido de voleibol imposible, grabando un anuncio de coches, atrapando un frisbee como si fuéramos un perro o ayudando a un culturista a transportar fruta únicamente flexionando los brazos.
A pesar de esa enorme variedad de situaciones, la base jugable apenas cambia. En la inmensa mayoría de pruebas únicamente utilizaremos el botón A y, en determinados casos, alguna dirección de la cruceta. Esa simplicidad es una de las mayores virtudes del juego, ya que convierte a Rhythm Paradise Groove en una propuesta accesible para prácticamente cualquier persona, independientemente de su experiencia con los videojuegos.

Cada minijuego comienza con un pequeño entrenamiento donde se explican las mecánicas básicas antes de afrontar la canción definitiva. Incluso existe la posibilidad de visualizar una demostración para comprender mejor cómo debe ejecutarse cada acción. Es un sistema muy efectivo porque permite que cualquier prueba pueda entenderse en cuestión de segundos. Pero completar un minijuego solo es el primer paso y al finalizar cada prueba recibiremos una valoración según nuestra precisión, que va desde resultados discretos hasta el ansiado rango de Excelente.
A esto se suma uno de los Desafíos Perfectos. En determinados momentos, el juego nos avisará de que una prueba concreta está disponible para intentar completarla sin cometer un solo error. Solo dispondremos de tres oportunidades para lograrlo y, si lo conseguimos, obtendremos una medalla especial junto con recompensas exclusivas para la galería.

La progresión principal organiza los minijuegos en bloques de cuatro pruebas que culminan con un Remix. Estas fases especiales combinan todas las mecánicas aprendidas anteriormente dentro de una única canción, alternando constantemente entre escenarios, personajes y ritmos. Pero lo interesante es que la dificultad evoluciona de una forma muy natural. Los primeros compases apenas exigen seguir patrones sencillos, pero poco a poco las canciones comienzan a introducir ritmos menos evidentes, pausas inesperadas y secuencias cada vez más exigentes. No obstante, hay ocasiones en las que el sistema de retroalimentación podría ser algo más claro, pues algunos minijuegos comunican perfectamente cuándo hemos fallado mediante efectos visuales y sonoros muy evidentes, mientras que otros apenas muestran pequeños detalles que pueden pasar completamente desapercibidos durante la acción.
Más allá del modo principal, el juego sorprende por la enorme cantidad de contenido adicional que esconde. Los Juguetes Rítmicos funcionan como pequeñas actividades independientes pensadas para experimentar con diferentes mecánicas musicales sin demasiadas pretensiones, mientras que los desafíos por puntuación ofrecen nuevos objetivos para quienes disfrutan exprimiendo cada sistema de juego.

Pero la gran novedad de esta entrega es Beatspell, un modo sorprendentemente ambicioso que mezcla los combates por turnos con las mecánicas rítmicas de la saga. Aquí controlamos a un personaje capaz de lanzar distintos hechizos ejecutando combinaciones de botones al ritmo de la música. A medida que avanzamos desbloquearemos nuevas habilidades, enemigos más complejos y capítulos adicionales de una pequeña historia que sirve como hilo conductor de esta modalidad.

El contenido desbloqueable continúa en las distintas galerías. La biblioteca reúne ilustraciones, cómics y material artístico que iremos obteniendo al conseguir puntuaciones perfectas; la fonoteca permite escuchar todas las canciones desbloqueadas e incluso utilizar la consola como si fuera un reproductor musical; mientras que la videoteca recopila los vídeos de cada minijuego e incluye detalles tan simpáticos como la posibilidad de visualizar las letras originales, su traducción o una divertidísima «transliteración tonta» que adapta fonéticamente las canciones a cada idioma con resultados realmente ingeniosos.
Y cuando parece que todo ha terminado, todavía queda espacio para el contenido posterior a los créditos. Al completar el último Remix se desbloquea un modo Reverso, donde regresan muchos de los minijuegos ya conocidos, pero con variaciones que modifican ritmos, patrones y mecánicas para ofrecer un desafío considerablemente mayor.

Por último, el multijugador merece también una mención especial. Esta vez está diseñado específicamente para hasta cuatro jugadores en local, una decisión lógica teniendo en cuenta que la precisión rítmica hace inviable depender de conexiones online y posibles problemas de latencia. Todos los participantes comparten pantalla y disfrutan de una selección de minijuegos exclusivos que alternan pruebas cooperativas y competitivas. Algunos nos obligarán a coordinar movimientos para superar un objetivo común, mientras que otros convertirán la partida en una divertida competición para mantener mejor el ritmo que el resto.
Por último, conviene hablar de la duración. Si nuestro único objetivo consiste en completar la aventura principal, es posible alcanzar los créditos en torno a las cinco o seis horas. Sin embargo, hacerlo significa dejarse buena parte del contenido por el camino. Conseguir todas las medallas, superar los Desafíos Perfectos, desbloquear el modo Reverso, completar Beatspell, descubrir los juguetes rítmicos, llenar las galerías y disfrutar del multijugador multiplica fácilmente esa cifra.


Uno de los mayores aciertos de Rhythm Paradise Groove es que en lugar de buscar el espectáculo técnico, apuesta por un estilo artístico lleno de personalidad que encaja a la perfección con el tono desenfadado de la saga. Cada minijuego transmite una identidad propia, alternando con total naturalidad entre ilustraciones dibujadas a mano, pixel art y modelados en tres dimensiones, una variedad que evita cualquier sensación de repetición y convierte cada nueva prueba en una pequeña sorpresa.
La estética predominante vuelve a apoyarse en esos característicos contornos negros de trazo grueso y colores planos que recuerdan inevitablemente a WarioWare, una similitud que no resulta casual, ya que ambas franquicias comparten parte de su ADN creativo. Los diseños de Ko Takeuchi continúan siendo una de las grandes señas de identidad de la serie, dando vida a un elenco de personajes tan extravagante como entrañable.

Eso sí, el minimalismo que define buena parte del apartado artístico juega en ocasiones en su contra. Algunos fondos resultan demasiado simples y apenas ofrecen elementos que aporten dinamismo a la acción, especialmente cuando no somos nosotros quienes estamos jugando, sino observando la partida. No llega a empañar el conjunto, pero sí deja la sensación de que ciertos escenarios habrían ganado mucho con unas cuantas animaciones adicionales o un mayor nivel de detalle ambiental.
A nivel técnico, Rhythm Paradise Groove cumple exactamente con lo que necesita un juego de estas características. Funciona con total estabilidad tanto en Nintendo Switch como en Nintendo Switch 2, manteniendo una fluidez impecable en todo momento. En una propuesta donde cada pulsación depende de una sincronización prácticamente perfecta, cualquier caída de rendimiento o problema de latencia habría sido un error difícil de perdonar.


Rhythm Paradise Groove gira alrededor del ritmo, por lo que la música no solo acompaña la acción, sino que constituye el propio núcleo de la experiencia. Tsunku♂ vuelve a ejercer como principal responsable de la dirección musical y el resultado mantiene el altísimo nivel al que la franquicia nos tiene acostumbrados. La banda sonora combina composiciones instrumentales con numerosos temas vocales, predominando el japonés, aunque también aparecen pequeños guiños en otros idiomas como el francés, el italiano o incluso el español.
Lo más destacable es que cada canción posee una personalidad muy marcada y está perfectamente integrada con la mecánica del minijuego al que acompaña. Lejos de limitarse a marcar el compás, las melodías contribuyen a reforzar el humor, la extravagancia y el carácter de cada situación, haciendo que muchas de ellas permanezcan en la memoria mucho después de apagar la consola. Hay temas especialmente inspirados —como el inolvidable Disco Perro— que resultan prácticamente imposibles de quitarse de la cabeza y que invitan a repetir una y otra vez sus correspondientes desafíos.

Eso sí, no todo termina de convencer. A diferencia de algunas entregas anteriores, las canciones no han sido adaptadas a los distintos idiomas y se mantienen casi en su totalidad en japonés. Es una decisión comprensible si tenemos en cuenta que Tsunku♂ ha contado con reconocidos intérpretes de la escena musical japonesa y que conservar sus interpretaciones aporta autenticidad al conjunto. Sin embargo, disponer de versiones localizadas o, al menos, de un selector entre las voces originales y dobladas habría sido una alternativa mucho más agradecida para quienes prefieren disfrutar plenamente del componente musical en su propio idioma. Al menos, las letras sí pueden seguirse mediante subtítulos, lo que permite comprender el contenido de las canciones.

Donde sí merece un reconocimiento especial es en el terreno de la accesibilidad. Rhythm Paradise Groove incorpora opciones muy útiles para facilitar la experiencia a jugadores con dificultades visuales, como la posibilidad de que Lecturita lea en voz alta los textos e incluso describa determinadas escenas durante el desarrollo de la partida.


Rhythm Paradise Groove demuestra que algunas fórmulas no necesitan reinventarse cuando están tan bien construidas. Nintendo recupera una de sus sagas más originales con una entrega que mantiene intacta su esencia, pero la acompaña de una enorme cantidad de contenido, nuevos modos y suficientes incentivos como para convertirla en la propuesta más ambiciosa de la franquicia. Su planteamiento sigue siendo tan accesible como siempre, aunque bajo esa aparente simplicidad esconde un sistema de juego que premia el aprendizaje, la constancia y la capacidad de interiorizar el ritmo de una forma difícil de encontrar en otros títulos del género.




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