
Aspyr ha decidido rescatar Tomb Raider: Definitive Edition para Nintendo Switch, Este reboot de Tomb Raider llegó tan solo hace unos días a la híbrida de Nintendo de forma sorpresa, pero también con curiosidad: ¿de verdad funcionará un juego tan ambicioso —en ritmo, en escala y en músculo técnico— dentro del pequeño cuerpo de la Nintendo Switch? Lo bonito es que, más allá de la duda técnica, la propuesta tiene algo que sigue brillando incluso una década después: ese regreso a la esencia que, en su momento, redefinió lo que significaba acompañar a Lara en su propio viaje de supervivencia.
Y claro, es imposible hablar de este renacer sin que aparezca en la conversación su sombra más evidente: Uncharted. Lo curioso es que, aunque Tomb Raider fuera el padre espiritual de Nathan Drake, acabó siendo el propio Uncharted quien empujó a la arqueóloga a reinventarse. Cuando Crystal Dynamics decidió reiniciar la saga, Lara llevaba años atrapada en entregas que no terminaban de conectar. Este reboot fue ese borrón y cuenta nueva que necesitaba: un juego moderno, con ritmo cinematográfico, con un diseño que sabe exprimir cada acantilado, cada cueva y cada estructura devorada por la naturaleza.
Volver a esta aventura hoy, en portátil y después de todo lo que ha pasado en la industria, tiene un encanto especial. Es como recordar de dónde vino esa ola de “superproducciones de acción” que ahora vemos con tanta normalidad. Y lo mejor es que Tomb Raider: Definitive Edition todavía tiene energía suficiente como para hacerlo sentir actual… aunque quizá no por los motivos que imaginas.

Tomb Raider: Definitive Edition nos mete de lleno en ese momento en el que Lara Croft, con apenas 21 años y cero experiencia real, deja de ser una estudiante con ganas de comerse el mundo para convertirse, casi a golpes, en la persona que todos conocemos. La premisa arranca con un plan que suena a manual de aventurero primerizo: perseguir las huellas del antiguo reino de Yamatai, una civilización envuelta en leyendas y con una conexión misteriosa con Sam, una de las amigas más cercanas de Lara. Claro, lo que nadie les dijo es que ese viaje acabaría siendo mucho más que un simple estudio arqueológico.
Porque en cuanto el barco naufraga y el equipo queda atrapado en una isla que parece empeñada en retener a cualquiera que ponga un pie en ella, la historia cambia de tono por completo. Aquí es donde empieza el “bautizo de fuego” de Lara: heridas, miedo, tormentas que no dejan de rugir y un grupo de isleños que llevan demasiado tiempo obedeciendo a un culto obsesionado con la figura de la Reina Himiko. En medio de ese caos, lo único que le queda claro a Lara es que nadie va a venir a salvarla; que, si quiere salir viva, tendrá que aprender a hacerlo todo desde cero.

Lo interesante es cómo la narrativa va jugando con esa dualidad entre la chica que duda de cada paso y la superviviente que poco a poco va tomando forma. Hay momentos muy potentes en los que su fragilidad se siente real, casi incómoda, pero también hay instantes en los que el juego pisa el acelerador y convierte a Lara en una máquina de derribar enemigos con una rapidez que choca un poco con ese tono más emocional.
El resto del reparto hace su trabajo, aunque no esperes grandes sorpresas. Los aliados cumplen su rol y el villano principal resulta demasiado familiar para cualquiera que haya jugado a shooters o survival horror de los últimos años. No arruina la historia, pero tampoco es lo que te mantiene enganchado. Lo que sí lo hace es la sensación constante de misterio: ruinas imposibles, ritos antiguos, tormentas que no parecen naturales… esa mezcla entre lo arqueológico y lo sobrenatural que siempre ha sido parte del ADN de la saga.
Y al final, ahí es donde esta versión de Tomb Raider brilla de verdad: en recuperar esa vibra de aventura clásica con sabor moderno. No es solo una historia de supervivencia; es el origen de una Lara que se forja recorriendo templos ocultos, escapando de cultos fanáticos y descubriendo que el mundo está lleno de lugares que esconden más de lo que enseñan.


Jugar a Tomb Raider: Definitive Edition da esa sensación de estar en una montaña rusa bien medida: momentos tranquilos para respirar y, sin previo aviso, una secuencia que te obliga a reaccionar más rápido de lo que te gustaría admitir. La base sigue siendo la de un juego de acción en tercera persona, pero lo interesante no es el género en sí, sino cómo lo mezcla todo para que cada diez minutos parezca que estás haciendo algo distinto.
El combate, por ejemplo, tiene ese puntito de “esto se siente demasiado bien” que hace que acabes buscando cualquier excusa para meterte en líos. Entre el arco, las armas improvisadas y las mejoras del árbol de habilidades, hay algo muy satisfactorio en ver cómo Lara pasa de disparar con nerviosismo a moverse con una confianza que casi asusta. Y aunque el sigilo aparece de vez en cuando, lo normal es que una mala pisada o un enemigo que te ve de refilón acabe en un tiroteo improvisado donde el caos se vuelve parte del encanto.
El plataformeo también contribuye a esa sensación de aventura continua. Saltar, escalar con el piolet, improvisar rutas con flechas que se clavan en paredes estratégicas… es el típico sistema que, sin reinventar nada, funciona porque está diseñado para que te muevas con ritmo, casi sin pensarlo. Y eso, sobre todo en portátil, es una maravilla.

No todo ha envejecido igual de bien, claro. Los Quick Time Events —muy de la época— aparecen aquí y allá, recordándote que 2013 tenía otras prioridades. Hay un par de secciones donde machacar botones o reaccionar a prompts se vuelve un poco cansino, y la verdad es que podrían haberse resuelto de forma más automática sin que nadie llorara por ello.
La isla, aunque no es enorme, tiene ese diseño que te invita a desviarte del camino principal solo para ver qué hay detrás de una roca o dentro de una cueva que parecía puramente decorativa. Buscar coleccionables, activar la brújula para orientarte, encontrar documentos y reliquias… es de esos lugares donde da gusto perderse. Lo único que se echa de menos es una mayor presencia de tumbas opcionales, algo que por suerte perfeccionaron en las siguientes entregas.
Una de las sorpresas de esta edición es la cantidad de extras que incluye. Desde artes oficiales hasta vídeos, galerías y hasta un cómic que sirve de precuela. Todo está ahí, accesible desde el menú principal, como si el juego quisiera recordarte constantemente el mundo que lo rodea. Y aunque el multijugador es más una curiosidad que un modo al que vuelvas cada fin de semana, funciona mejor de lo que cabría esperar: partidas rápidas, conexión decente y el típico caos divertido de un modo que, honestamente, existe porque en aquel entonces todos los juegos de acción querían tener multijugador.


Tomb Raider: Definitive Edition en Nintendo Switch tiene un punto extraño: por un lado, sigue siendo un juego con una identidad visual potentísima; por otro, notas enseguida que este relanzamiento no termina de brillar como debería en una consola moderna.
Lo primero que salta a la vista es la resolución, que se mantiene en 1080p tanto en modo tele como en portátil. Sobre el papel suena bien, pero en pantalla se nota que el juego no está aprovechando el hardware como podría: la vegetación aparece con dientes de sierra, los contornos vibran a media distancia y el escenario pierde un poco de esa densidad que en su día lo hacía tan espectacular.
Ahora bien, si hay un punto donde el port sí sorprende es en el rendimiento. El juego se mantiene firme a 60fps en Switch 2 —y a 30fps estables en Switch 1— incluso cuando la pantalla se llena de explosiones, enemigos y estructuras derrumbándose. Esa suavidad hace que el control se sienta fluido y que las escenas de acción entren como mantequilla, incluso cuando todo se desmadra. Hay pequeños bajones en momentos muy puntuales, pero nada realmente molesto.
El mayor problema está en lo que no debería haberse tocado. La iluminación global, que en el original era una de las claves de su identidad visual, aquí se siente más plana y artificial. Pierde ese contraste natural que hacía que las cuevas y los acantilados parecieran lugares vivos y peligrosos. A esto se suman texturas irregulares, sombras recortadas y un modelado de Lara que a veces parece menos expresivo que el de hace una década. Es como si gran parte del “look” cinematográfico hubiera quedado desdibujado en el proceso.
También hay pequeños detalles que delatan que esta versión necesitaba más tiempo. Los vídeos están comprimidos, algunas físicas reaccionan de forma un poco random —enemigos que atraviesan paredes, cuerpos que caen como muñecos de trapo— y ciertos elementos del entorno parecen colocados con menos mimo del que recordábamos. No arruina la experiencia, pero sí crea ese efecto de “esto no debería verse así” más veces de las deseadas.


Si algo me sorprendió al volver a esta aventura es lo bien que funciona su apartado sonoro para meterme en la piel de Lara Croft. La banda sonora, aunque no sea nueva para esta edición, mantiene esa mezcla entre tensión y épica que tan bien define sus primeros pasos como exploradora. Los temas orquestales entran justo cuando deben, empujan las escenas más intensas y dan ese aroma a “película de supervivencia” que acompaña el viaje de una protagonista todavía novata, que duda, respira hondo y sigue adelante, aunque todo esté en su contra.
Pero claro, está Definitive Edition llega prácticamente tal cual salió en su día, y eso también se nota en el apartado de voces. Solo podemos elegir entre el doblaje original en inglés o la versión española de España, que cumple, pero arrastra ciertos giros lingüísticos que hoy suenan algo descolgados.
Donde sí se nota más el paso del tiempo es en las opciones de accesibilidad. No hay ajustes dedicados a este apartado, y aunque los subtítulos incluyen colores y un fondo contrastado que ayudan bastante, la falta de un simple selector para cambiar el tamaño se siente más de lo que parece. En sobremesa pasa desapercibido, pero cuando juegas en portátil en Nintendo Switch, leer ciertas líneas se convierte en un ejercicio de paciencia. Y en un juego tan narrativo, eso pesa más de la cuenta.


Al final, esta Tomb Raider: Definitive Edition sigue siendo una aventura que engancha por puro instinto: un viaje intenso, dinámico y lleno de momentos que te recuerdan por qué el reinicio de Lara Croft marcó tanto en su día. La jugabilidad fluye con una naturalidad que todavía sorprende, el sonido mantiene ese pulso cinematográfico que le da alma al viaje, y la exploración sigue teniendo ese toque de magia que invita a perderse por la isla. Es verdad que algunos aspectos no han envejecido tan bien —desde ciertos QTE hasta la falta de mejoras reales en accesibilidad o doblaje—, pero incluso con esas costuras visibles, el conjunto sigue funcionando como una de esas experiencias de acción que te enganchan una tarde… y sin darte cuenta, te han robado el fin de semana.




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