
Terrifier: The ARTcade Game nos sumerge de lleno en una sala de rodaje cutre de los 80, donde lo macabro y lo gamberro nos atrapa rápidamente. El motivo de esto es que nos recuerda a esas películas de serie B, o incluso Z, pero nos lo traslada al mundo grotesco del payaso asesino, convirtiéndolo en un beat ’em up que adapta la saga Terrifier al videojuego, y eso ya despierta cierta curiosidad.
Lo bonito es que el juego te recibe como aquellos recreativos del barrio que muchos recordamos: un puñado de máquinas, pocas opciones y ese tipo de título que te invitaba a repartir mamporros sin pensarlo demasiado. Y claro, cuando ves que detrás está el estudio vasco Relevo, con Selecta Play apoyando la propuesta, entendemos rápidamente por qué han querido vestirlo con ese aire de brawler clásico, directo y sin florituras.
Lo curioso es que, aunque el juego no sigue al pie de la letra la trama de las películas, sí bebe de ese universo turbio que Damien Leone ha ido moldeando desde 2016. Art, ese payaso que mezcla sadismo, silencio y una presencia casi ritual, pasó de villano de culto a icono moderno del gore gracias al impacto de Terrifier 2, y ahora extiende su sombra al terreno digital. No deja de ser extraño enfrentarse a un fenómeno que ha crecido gracias a festivales, al boca-oreja y a escenas capaces de revolver incluso estómagos veteranos… y verlo reconvertido en un arcade 2D que pide monedas imaginarias.

Si hablamos de la historia de Terrifier: The ARTcade Game, lo justo es reconocer que no pretende engañar a nadie: aquí la trama es más una chispa que un motor. Aun así, la propuesta tiene su gracia. Todo empieza cuando una productora decide que el reguero de cadáveres, vísceras y titulares siniestros que rodean a Art y compañía sería perfecto para rodar una película. Y claro… imagina la cara del payaso cuando le dicen que quieren convertir su “obra” en espectáculo comercial. No es precisamente alguien que lleve bien eso de compartir protagonismo.
Desde esa idea tan simple como macabra, el juego te lanza a una misión casi personal: sabotear el rodaje antes de que la primera claqueta llegue a sonar. No hay giros, no hay misterio; solo ese impulso de avanzar pantalla a pantalla limpiando a cualquiera que se atreva a poner cámaras donde no toca. Y, sinceramente, en un beat ’em up funciona de maravilla. Es esa clase de excusa argumental que te dice “no te líes, reparte hostias y ya hablaremos al final”.

El modo historia se divide en siete actos que enlazan uno con otro sin cinemáticas ni grandes transiciones. Apenas unas breves escenas al principio y al final para situarte y despedirse, como si el juego mismo supiera que lo importante no es contar, sino dejarte avanzar sin parar. Ese minimalismo narrativo le sienta sorprendentemente bien: cada fase es un escenario nuevo, cada enemigo un recordatorio de que la banda de Art no piensa permitir que nadie les robe su propio festival del gore.
Y aunque la carga argumental sea prácticamente inexistente, se agradece que hayan optado por una historia original en lugar de replicar cualquiera de las películas. Le da ese puntito de independencia, como si este juego fuera un desvarío paralelo dentro del caos que ya de por sí rodea a la saga. Al final, sirve justo para lo que tiene que servir: ponerte en contexto, dibujarte una sonrisa siniestra y empujarte directo al barro del brawler sin mirar atrás.


Terrifier: The ARTcade Game es un beat ’em up que replica la fórmula clásica, con todos sus vicios y algunas virtudes puntuales. Al poco de empezar ya notas que el sistema de combate quiere ser directo, contundente y fácil de leer… aunque no siempre lo consigue.
La base es simple: tienes un golpe rápido, uno fuerte y un ataque especial que depende de una barra dividida en tres fragmentos. Esa barra se rellena rematando enemigos debilitados, en unas ejecuciones que al principio sorprenden por su gore exagerado, pero que acaban siendo más una interrupción del ritmo que una recompensa. Además de eso, puedes saltar, agarrar, esprintar y hacer un pequeño dash que, en teoría, sirve para esquivar.

El problema aparece cuando todo empieza a mezclarse en pantalla. El combate se siente rígido, con animaciones que tardan más de lo que deberían y una precisión que, a veces, brilla por su ausencia. Los agarres, por ejemplo, te dejan vendido: no puedes lanzar enemigos para ganar espacio, así que, si te rodean, solo te salva un especial… si te queda barra. Es esa clase de decisión que rompe un poco la fluidez que se espera de un “yo contra el barrio”, y que hace que los enfrentamientos se vuelvan más torpes de lo necesario.

A nivel de personajes, tampoco hay grandes sorpresas. Puedes escoger entre Art, Adam Burke, Victoria Heyes o The Little Pale Girl, y aunque cada uno tiene su ataque especial y una animación distinta, las diferencias entre ellos son mínimas. No hay estilos de combate realmente únicos, ni habilidades que te inviten a rejugar niveles con otra mentalidad.
Los escenarios intentan aportar variedad con trampas, pinchos, agujeros y objetos que puedes romper para recuperar vida o créditos. Incluso hay civiles huyendo a los que puedes atacar para ganar salud, un toque bastante macabro que encaja sorprendentemente bien con el ADN de la saga. Pero visualmente, las fases se sienten pobres. No terminan de lucir, ni transmiten personalidad más allá de un par de elementos distintivos.

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Los jefes cumplen, aunque sin alardes. Casi todos comparten el mismo patrón: un ataque a distancia, uno cuerpo a cuerpo y poco más. Alguno tiene más chispa, pero la mayoría parecen recortes del mismo molde. Y como ellos no van solos, cada combate se convierte en un caos de minions que entran constantemente, útil para rellenar la barra especial, pero agotador a nivel de diseño.
En cuanto a modos de juego, el menú es amplio pero las diferencias son mínimas. El modo historia sirve de excusa narrativa; el modo arcade es lo mismo, pero sin texto inicial; el versus permite repartir tortazos entre amigos; el boss rush junta a todos los jefes; el time attack mete el cronómetro; y el modo oleadas añade algo de picante con su ascenso infinito. Funcionan, sí, pero al final todos se sienten variaciones del mismo plato. La excepción es la galería, que se desbloquea encontrando objetos durante las partidas y aporta un punto coleccionista bastante agradecido.

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Terrifier: The ARTcade no se corta a la hora de convertir cada partida en un festival de vísceras, objetos desperdigados y montañas de enemigos que se acumulan hasta taparlo todo. Hay momentos en los que, literalmente, pierdes de vista la acción. Quieres recoger un arma del suelo —da igual si es un bate, un hacha, una porra o una pistola— y acabas dando vueltas entre cadáveres hasta coger la misma tres veces seguidas, como si el juego jugara al despiste contigo.
A esa sensación se suma un diseño de niveles que rara vez quiere salirse del carril. Las fases se repiten con tanta insistencia que terminan pareciendo un bucle eterno, y la variedad de enemigos es tan limitada que parece que todos han salido del mismo casting de figurantes.

El apartado técnico tampoco ayuda a despejar esa sensación de caos. Ahora mismo el juego arrastra errores que afectan directamente a la partida: desapariciones del personaje en pleno combate —dejando solo la barra de vida flotando—, fases que comienzan con un protagonista distinto al que habías elegido, o glitches tan surrealistas como caer al suelo y convertirte en una especie de acróbata poseído rebotando sin control.
Y aun así, cuando el caos se aparta un poco, es fácil apreciar el mimo que hay detrás del pixel art. Terrifier: The ARTcade luce unos protagonistas muy detallados, jefes bien definidos y una galería de enemigos que, aunque más modestos, mantienen un nivel visual muy digno. Cada tipo de enemigo suele tener un par de paletas y animaciones propias —como el payaso verde que lanza dinamita o su versión azul, que barre la zona a golpes—, y la sangre está tan cuidada que casi parece un personaje más, extendiéndose por la pantalla con un nivel de exageración que encaja perfectamente con el tono del juego.

Para rematar, el título incluye dos filtros que le dan un toque muy particular a la experiencia: el modo VHS, que añade ese grano sucio y nostálgico, y el filtro CRT, que emula el brillo curvado de las teles antiguas. Son pequeños extras, sí, pero ayudan a que el ambiente entre mejor por los ojos y encaje todavía más con su estética gamberra.


En el plano sonoro, Terrifier: The ARTcade apuesta por una identidad muy marcada: metal noventero del que parece sacado de la imaginación de cualquier padre que aún piensa que los videojuegos son poco menos que máquinas para fabricar psicópatas. Ese sonido crudo, casi caricaturesco, encaja sorprendentemente bien con la energía del juego, aunque no sea precisamente el tipo de música que suelo elegir. Aun así, tiene ese punto de ritmo que acompaña los golpes, las esquivas y cada impacto con una sincronía que hace que todo resulte más visceral de lo que ya es por sí solo.
El diseño sonoro también hace lo suyo y aporta un extra de satisfacción a cada mamporro, explosión o herramienta de grabación que termina empotrada contra el suelo. No reinventa nada, pero sabe elevar la acción y darle ese toque contundente que pide un beat ’em up tan desmadrado como este.

La banda sonora chiptune, compuesta por Cody Carpenter, entra fuerte desde el principio: pegadiza, eléctrica y con esa atmósfera retro que se siente muy en sintonía con la estética del juego. El problema es que, igual que ocurre con su propio sistema de combate, el conjunto acaba perdiendo frescura con las horas y termina por repetirse más de la cuenta.


Terrifier: The ARTcade es uno de esos juegos que, sin rodeos, sabe exactamente lo que quiere ser: un festival de golpes, vísceras y humor macabro que abraza el exceso hasta las últimas consecuencias. Como beat ’em up es tosco, caótico y a veces frustrante, pero cuando entras en su sintonía tiene un encanto gamberro difícil de negar. No es profundo ni pretende serlo; simplemente ofrece una descarga rápida, salvaje y ruidosa que funciona mejor en compañía que en solitario. Si buscas un título pulido y variado, aquí no lo encontrarás, pero si te apetece un desmadre sangriento con estética retro y personalidad propia, puede que te arranque más de una carcajada… incluso cuando todo lo demás esté fallando a tu alrededor.




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