
El estudio canadiense Rogue Factor ha vuelto a escena con una propuesta que llega justo cuando más falta hace. En un panorama en el que abundan los proyectos clónicos y las fórmulas trilladas, Hell is Us apuesta, por lo contrario: un juego con alma, que no busca ser más grande ni más ruidoso que nadie, sino contarte una historia y hacerte sentir dentro de ella.
Con este proyecto, Rogue Factor se aleja de su zona de confort —aquellos títulos de rol táctico que lo dieron a conocer— para embarcarse en una experiencia mucho más directa, centrada en la acción y la exploración. Es, sin duda, su propuesta más ambiciosa hasta la fecha, y también una de las más frescas que hemos visto en una nueva IP en mucho tiempo.

En Hell is Us encarnamos a Rémi Letam, un hombre que regresa clandestinamente a su país natal, Hadea, tras años de exilio. Cuando era niño, su madre lo envió lejos para salvarlo de un destino incierto, y ahora, adulto, decide volver para reencontrarse con su pasado… y con sus padres. El problema es que Hadea ya no es la tierra que dejó atrás: el país vive aislado del resto del mundo, consumido por una guerra civil tan cruel como interminable. Para volver a cruzar la frontera, Rémi tiene que recurrir a engaños y mentiras, y una vez dentro, lo que encuentra es puro caos.

El conflicto ha destrozado el país, dejando un paisaje devastado por la violencia y la desolación. Pero Hell is Us no se limita a mostrar los horrores de la guerra: también habla del peso de la memoria, de lo que significa volver a casa cuando el hogar ya no existe, y del vacío que deja la pérdida. Es una historia que golpea fuerte, porque refleja la brutalidad humana sin edulcorarla. No busca hacer espectáculo del sufrimiento, sino recordarnos lo que somos capaces de destruir cuando la empatía desaparece. Y en tiempos como los que vivimos, ese mensaje resuena más que nunca.
Pero lo interesante es que Rogue Factor no se queda en el drama bélico. Lo envuelve todo en un relato de ciencia ficción con tintes sobrenaturales que mantiene la intriga constante. En Hadea no solo hay enemigos humanos: algo extraño se cierne sobre sus tierras, un fenómeno conocido como la Calamidad, que ha traído consigo criaturas imposibles y sucesos paranormales que desafían toda lógica. Rémi descubrirá pronto que los horrores de la guerra no son lo único que amenaza su supervivencia.

Hell is Us no pretende glorificar la guerra, y lo deja claro desde el principio con un mensaje directo al jugador. Su objetivo es hacer pensar, no justificar. Tanto los palomistas como los sabinianos —los dos bandos enfrentados— cometen atrocidades sin sentido, recordándonos que en un conflicto así no hay héroes, solo víctimas.


Hablar de Hell is Us en términos de género no es nada sencillo. Tiene un poco de muchos estilos, y probablemente cada jugador acabe colocándolo en una categoría distinta. Aun así, lo más justo sería describirlo como un action RPG con alma de hack and slash, toques de Soulslike y un enfoque narrativo muy marcado. No es un juego de combate puro, pero cuando toca pelear, lo hace con intención.
El sistema de lucha gira en torno a tres pilares: esquivar, parar y golpear con cabeza. Aquí no vale lo de machacar botones. Si te precipitas, los enemigos te castigan rápido, especialmente cuando hay varios en pantalla. El combate premia la paciencia y la lectura del enemigo, haciendo que cada enfrentamiento tenga su propio ritmo. Y aunque pueda recordar a los Souls en su planteamiento táctico, Hell is Us no cae en la imitación: prescinde de elementos que en ese género parecen “obligatorios” y busca su propio equilibrio entre acción y estrategia.

Una de las mecánicas más interesantes es el sistema de curación dinámica. Al acertar varios golpes seguidos sin recibir daño, se genera un pulso de energía; si pulsamos el botón en el momento justo, recuperamos una parte considerable de vida. Es un sistema que recuerda a la gestión de ki de Nioh o al ritmo agresivo de Bloodborne, pero adaptado a su propio lenguaje jugable.
Las armas también tienen un papel importante: no solo hay espadas, sino otras opciones que iremos desbloqueando y mejorando. Su variedad no es enorme —unos seis tipos principales con variantes—, pero cada una se maneja de forma diferente y obliga a pensar en la estrategia.
El combate se complementa con la ayuda del dron, un compañero que sirve tanto para explorar como para luchar. Podemos mejorarlo y adaptar sus funciones a nuestro estilo, algo que amplía la profundidad sin abrumar.

Pero si el combate sostiene una parte de la experiencia, la exploración es claramente el corazón del juego. Hell is Us nos lanza a un mundo semiabierto, formado por grandes regiones independientes entre las que nos desplazamos con un vehículo blindado. No es un “mundo abierto” clásico: aquí no hay marcadores, rutas automáticas ni minimapa. De hecho, no existe un mapa jugable como tal. La orientación depende de nuestra brújula —que solo aparece durante unos segundos cuando la activamos—, de las pistas que dan los NPC, y de la observación pura del entorno.
Esta decisión de diseño, lejos de frustrar, crea una sensación muy especial: la de estar realmente perdido en un territorio desconocido. Aprender a orientarse se convierte en parte del proceso de inmersión. Cada colina, cada edificio y cada sendero acaban siendo puntos de referencia que grabamos en la memoria. Y cuando por fin encontramos el camino, la recompensa es enorme.

Además, el juego introduce una buena cantidad de puzles y misterios ambientales. Algunos sirven para obtener mejoras de equipo, mientras que otros son obligatorios para seguir avanzando en la historia. Ninguno viene explicado; las soluciones dependen de la observación, la lógica y la interpretación del entorno. También hay misiones secundarias que funcionan casi como miniaventuras, muchas con un peso narrativo sorprendente. No se sienten accesorias: expanden el lore, dan contexto al conflicto y aportan variedad al ritmo de juego.

La duración varía bastante según el jugador: entre 50 y 80 horas, dependiendo de cuánto queramos explorar o completar misiones secundarias. A ese ritmo pausado y sin marcadores le sienta bien un progreso manual, con puntos de guardado que debemos activar nosotros mismos.
En cuanto a dificultad, Hell is Us es sorprendentemente flexible. Permite ajustar la salud, el daño, la agresividad enemiga y las penalizaciones por muerte, haciendo que cada jugador adapte la experiencia a su nivel. Es un título exigente, pero nunca injusto, y eso lo convierte en una propuesta accesible para distintos públicos.


Hablando del apartado visual de Hell is Us, hay que decirlo: el juego luce realmente bien y se siente cuidado. Sí, podría pulirse un poquito más en algunos detalles para acercarse a la sensación de un AAA de altos vuelos, pero nada de esto empaña la experiencia. No hay caídas de rendimiento que molesten y, tanto visual como sonoramente, cumple con creces.
En lo visual, se nota cierta textura o grano en algunas escenas de vídeo, como si quisieran darles un toque de “envejecimiento” o nostalgia. Es algo que puede llamar la atención a los muy exigentes, pero en general aporta personalidad al título y encaja bien con la ambientación. Por su parte, la dirección artística, en cambio, merece elogios: los escenarios y los personajes nos transportan a una versión distópica de los años 90 con pinceladas retrofuturistas que funcionan a la perfección.

Técnicamente, el juego se mueve con fluidez. La versión de Xbox Series ofrece una experiencia estable, con algún popping y caídas de framerate muy puntuales que no afectan la jugabilidad. Además, el juego permite elegir entre calidad y rendimiento, algo que se agradece para mantener los 60 fps en los momentos de acción rápida. Las animaciones y modelados cumplen bien y, en conjunto, todo funciona de manera eficiente, dejando claro que Rogue Factor ha priorizado lo importante: acción, exploración y narrativa.


En Hell is Us, el sonido no es un simple acompañamiento: es una parte fundamental de la experiencia. La música, con sus atmósferas etéreas y toques casi surrealistas, refuerza perfectamente la tensión y el misterio del juego. No es solo acompañamiento: en muchos momentos te hace sentir que cada rincón de Hadea respira, que cada decisión tiene peso y que cada combate puede cambiarlo todo.
Y hablando de combates y exploración, el diseño sonoro también cumple un papel práctico. Al no contar con mapas o marcadores tradicionales, acabas escuchando el mundo con atención. Los ruidos de fondo, los susurros y los sonidos ambientales funcionan como pistas naturales que te orientan y te alertan de enemigos o de lugares interesantes por descubrir. Esa sensación de estar solo, pero guiado sutilmente por el entorno, es realmente especial.


Hell is Us es una experiencia que atrapa de principio a fin. Combina acción táctica, exploración inteligente y una narrativa que te hace sentir dentro del mundo, mientras su banda sonora y efectos sonoros elevan cada momento de tensión y descubrimiento. Los escenarios semiabiertos están llenos de secretos y puzles que premian la atención al detalle, y todo el conjunto se sostiene con una dirección artística que mezcla distopía, retrofuturismo y un toque cinematográfico que engancha.

Hell is Us ya se encuentra a la venta en formato digital y físico para PlayStation 5, Xbox Series y PC.
Hemos realizado este análisis gracias a un código para Xbox Series proporcionado por Nacon España..



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