
NetherWorld, el primer juego de Hungry Pixel, publicado por Selecta Play, ya está disponible y se postula como un festival pixelado de alcohol, violencia, desamor y… medusas. Sí, medusas. Y, sorprendentemente, todo eso encaja de una forma que termina siendo bastante lógico dentro de su caos.
Desde su exitosa campaña en Kickstarter, Hungry Pixel lanzó en mayo una demo en Steam que ya prometía un proyecto arriesgado y original. Con ello demostró que NetherWorld se atreve con todo: mundos marginales, humor grotesco, música que pega y un estilo que deja huella. Aunque todo parezca un limbo lleno de suciedad, hay una intención clara detrás de cada decisión. Hoy vamos a explorar este mundo pixelado, absurdo y bastante salvaje, y ver qué hace que funcione y en qué momentos nos sorprende… o nos incomoda.

En el juego nos ponemos en la piel de Medoo, que atraviesa una crisis monumental tras el abandono de su mujer. Después de intentar distraerse en casa sin éxito, decide tomar una decisión todavía peor: ir solo a un bar a emborracharse. Y claro, como era de esperar, la cosa se complica: termina cruzándose con un mago adicto a la cocaína, se ve envuelto en una banda de dudosa reputación y su intento de poner orden en su vida se convierte en un desastre total.
Así encontramos a Medoo en lo más profundo de un agujero emociona. Este juego apuesta por la irreverencia, el humor negro y situaciones tan exageradas que rozan lo absurdo, donde su protagonista se mueve en un mundo lleno de malas decisiones, tiroteos y tentáculos, y el juego no se corta en mostrarlo: bares decadentes, mazmorras con mecánicas roguelike y encuentros absurdos que parecen surgir de la improvisación más caótica.


Cuando abres NetherWorld, lo primero que puedes imaginar es un Metroidvania clásico: escenarios 2D y scroll lateral. Pero nada más empezar, queda claro que la cosa no va por ahí. Más que perderse explorando cada rincón, el juego se siente como una aventura rápida, con la dinámica de un boss rush.

El caos que se refleja en el argumento de NetherWorld se muestra en su propia jugabilidad. Nada de esquemas típicos de “explorar, luchar y avanzar”: aquí cada momento nos lanza a algo nuevo, desde minijuegos inesperados hasta enfrentamientos épicos contra jefes. Esa variedad constante mantiene la atención y genera sorpresa: nunca sabes qué te espera. Los jefes son uno de los puntos fuertes: no solo hay que reducirles la vida, sino adaptarse a mecánicas distintas, usar el entorno o probar estrategias poco convencionales. Eso sí, esta ambición puede hacer que el ritmo cambie de forma abrupta, pasando de momentos narrativos a acción intensa o minijuegos cuya recompensa no siempre justifica el esfuerzo.
El arsenal también ayuda a mantener el interés: pistolas, escopetas y ametralladoras que permiten afrontar los desafíos a tu manera, junto con accesorios y sombreros, algunos útiles y otros meramente estéticos. Normalmente los objetos que desbloqueas están pensados para su uso en la zona donde los encuentras, así que nunca te pierdes probando decenas de cosas diferentes.

En cuanto al control, todo es sencillo: desplazamiento lateral, andar o correr, sin saltos ni dash, porque el juego no lo necesita. La base es la de una aventura gráfica: explorar, interactuar con personajes y descubrir cómo avanzar. Pero no se limita a eso: los combates contra jefes añaden desafío y cada enfrentamiento tiene mecánicas únicas, evitando que se vuelva repetitivo.

Los combates son accesibles, aunque algunos enemigos tienen hitboxes que pueden hacer que tengas que repetir ciertas secciones varias veces. Para avanzar, tendremos que relacionarnos con un grupo variado de personajes que nos explican cómo funciona este mundo bizarro y decadente. Pero olvídate de mapas laberínticos o de tener que recorrer el mismo terreno una y otra vez: aquí el progreso se basa en hablar, levantarte y enfrentarte a jefes alocados.

Hablando de los jefes, están bien pensados y cada uno tiene su propio patrón y punto débil. No son imposibles, aunque algunas colisiones poco claras pueden sacar de quicio. Aun así, el juego incluye un modo que facilita los combates aumentando la vida de Medoo, ideal si quieres centrarte en la acción sin demasiada frustración.
Además, hay minijuegos que aportan variedad y humor: desde disparos arcade, concursos de bebida que hacen temblar la pantalla, hasta un juego muy absurdo de “coqueteo” con señoras mayores. Todo encaja con el tono irreverente del juego. Y aunque NetherWorld no pretende ser un RPG profundo, sí podemos vestir a Medoo con distintos sombreros, porque incluso una medusa merece lucir bien en plena resaca.

La historia principal se puede completar en menos de diez horas, pero si quieres descubrir todos los secretos y misiones secundarias, la duración se extiende bastante. Algunas secundarias son rápidas y opcionales, otras necesarias, y varias profundizan en la historia de personajes secundarios, ofreciendo tramas que realmente merecen la pena.


Si hay un aspecto donde NetherWorld realmente destaca, es en lo visual y lo sonoro. Solo hace falta echar un vistazo al trabajo de Alex Fariña Fernández para entender el nivel de detalle que maneja: su estilo, minucioso y lleno de personalidad, se traslada al pixel art con una soltura impresionante. La paleta de colores, entre tonos oscuros y pasteles, encaja a la perfección con el tono del juego, creando un contraste interesante entre las ilustraciones de los cuadros de diálogo y los escenarios del scroll lateral.
NetherWorld crea un universo grotesco, lleno de personajes y elementos que parecen sacados de un cómic underground de los 90. El pixel art es, sin duda, uno de los grandes aciertos del juego. Los escenarios están saturados de detalles grotescos: cuerpos extraños, espacios decadentes que transmiten suciedad, alcohol y dolor. No es bonito en el sentido clásico, sino perturbadoramente bello; incómodo, sí, pero coherente con el mundo que propone. Los personajes encajan perfectamente en este universo horrendo: medusas humanoides deformes, con vestimentas absurdas, que se mueven en un entorno inquietante.

La dirección artística no rehúye lo explícito, especialmente en los minijuegos sexuales, las drogas o la violencia. Aquí no hay intención de suavizar nada para que parezca un “indie amable”: todo busca incomodar y provocar una reacción. Personalmente, creo que este enfoque es uno de los mayores aciertos del título. Cada escenario, aunque parte de un mismo mundo decadente, tiene su propia atmósfera y personalidad, invitando a explorar cada rincón.


La banda sonora de NetherWorld, creada por el dúo RogueSonics de Filadelfia, es otro de los grandes aciertos del juego. Sus composiciones mezclan chiptune, ambientes sonoros y toques orquestales, adaptándose a cada momento con mucho cuidado y reforzando la acción y el humor de la historia. Nada suena al azar: cada tema tiene su lugar y cumple su función.
Desde el primer tema del menú principal, la música establece el tono del juego y te prepara para la experiencia que te espera. A lo largo de la aventura, acompaña de manera eficaz cada localización y cada escena, aumentando la inmersión en este mundo extraño y decadente.


NetherWorld es una experiencia indie que no deja indiferente. Su propuesta mezcla caos, humor negro y estética grotesca de una forma que engancha desde el primer minuto, y aunque no sea un juego perfecto, logra destacar en muchos aspectos. Si te gustan los mundos irreverentes, los jefes retadores y el pixel art con personalidad, este juego tiene mucho que ofrecer.

NetherWorld ya se encuentra a la venta en formato digital y físico para Nintendo Switch y PC.
Hemos realizado este análisis gracias a un código para Nintendo Switch proporcionado por SelectaPlay.



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